lunes, 21 de septiembre de 2009

Bautizo de mi libro: Café Humboldt por el Sistema Nacional de Imprentas región Aragua. Editorial El Perro y la Rana. Colección Historias de Vida






En las Fotos: Marcos Veroes: editor. Marianela Cabrera: autora. Giselle Soto y Warrior Silva
Libro ganador de la convocatoria: Concurso Historias de Barrio Adentro. Serie Historias de Vida.



jueves, 21 de agosto de 2008

Con el alma en pena



De: 52 Poemas Terminales (inédito 2008)

IV

Se extingue el perdurable deseo por la fresca carne
En su lugar queda el árido quebranto
Y es pavorosa la noche
en interminable pesadilla
con tanta muerte y desolación
sobre el aberrante lecho
donde te deshaces amada
Atrapada en la pestilencia de tu esencia
hoy carcomida por el odio
que te devora y encadena
a esta vida infame
plena de pústulas y pájaros sangrantes

X


¡Ah cuántos cuerpos en cubierta!
Los pajecillos casi imberbes
esparcen aserrín sobre la sangre
Los oídos me zumban
aún los cañones humean
y los quejidos
cortan el velo de la pólvora
Extienden los heridos partes suplicantes
quieren asirse de la negra túnica.
Ya no tengo oficio en este barco
los santos óleos se hunden
con las almas de ellos
y la vieja alma mía
que se rompe ahora,
y naufraga vana contra el arrecife.

XI


No son hermosas las plantas en esta tierra
crujen secas y polvorientas, dolientes
Unas ráfagas tremendas nos envuelven
y no importa la hora para ser temibles
Pocas veces, se de mi
otras, considero si es el tiempo,
la perpetuidad,
la imprecisa calma de las horas.
Casi siempre estoy sentada
bajo la enhiesta efigie
del ángel de la tumba
y no pocas visito nuestra casa
que no es la misma sin los perros
y me pregunto, si me amabas
¿A dónde se marchó tu espectro?
incapaz de vagar conmigo
en noches azules como ésta

XVIII

¡Ah! ¿Qué oscuro peso invade mi alma a esta hora?
¿Qué quiere de mí la aciaga madrugada?
Yo quien he sufrido los horrores de la peste
viendo ennegrecidos rostros
pálidas entrañas
sangre por doquier
¿Qué inmundo placer siente el destino?
sosegándome de máculas, dejándome vivir intacto
en medio de esta vorágine cruel
de dolorosa muerte
¿Por qué acude a mi lecho
envuelta en harapos?
y sombría me canta cuidando mi sueño
como una madre infausta
que en palabreo siniestro
me refrenda a no sufrir
los pavores
que hostigan a los de la casa nuestra
y ya no sé si es preciso morir
o vivir atormentado
con la sagrada compañía de la muerte



domingo, 6 de julio de 2008

Impresión


Ella se alisaba el pelo con la mano, ni peine le había hecho el infame prowehewe que la fue a comprar al conuco seco de su padre casi cacique casi respetable casi sabio pero muy pobre y hambriento harto de hijos y esposas tísicas y si no tosían igual se morían de sed o malaria y la niña con su carita de ojos rasgados y el cuerpo macilento y amarillo con las costillitas marcadas y esa sensación tan ruin del hambre que es como un dolor con ardor profundo que llega a atormentar hasta la locura pero ellos eran valientes y esperaban que la espesura los invitara al heniyomi y es así como se vio cruzando el claro de la selva ya koo al shapono apenas con el catumare que se quedó olvidado en la orilla y después el río brioso bajando desde donde empezaban las paredes de los cerros más antiguos y la neblina despidiéndose de su tristeza no la dejaba ver entre las nubes de insectos y sus ojos enfermos de una nata blanquecina y sus lagrimas tenues envolvían las cosas en un velo de desolación y resquebrajamiento enormes mientras el sonido de las aguas intensificaba su potencia alejándose de su urihi y supo en sus adentros que nunca más los vería a ellos quienes la cuidaron de las fieras y los espíritus hekura de la noche que se llevan a las apami y era mejor pertenecer a un indio de esos que dejar que un uruhitheri de la oscuridad se la llevara al mundo de los difuntos vivos pero que más extinción que esta nueva tribu remota cuya lengua no entendía ni conocía esas ollas ni los fusiles ni los espejos motores ni cigarros y todo eran ofrendas y ella con hambre se le iba la vida tras las cestas llenas y aquel anciano hostil que la pisaba en el chinchorro de fibra picosa de kumare tan breve y del tamaño de la pereza de aquel indio centenario sin sabiduría aparente y flojo como sus excrementos y en su lengua maldijo clarito mientras un helicóptero rasgaba las nubes y empezaron a bajarse con sus pañuelos brillantes y sus maletines negros y ella cerró los ojos mientras el corazón se le estallaba adentro pero como era insignificante nadie la echó de menos en el trajín del arribo y ellos los indios son así inexpresivos para cosas esenciales como la muerte.

Ärbola







Ya nada la podía curar, ni su propia alma de sanadora ni porque era mujer y se conjugaban en ella todas las esencias y los remedios de la tierra. Se le cayeron los cabellos sin darse cuenta al oscilar silvestres de tanto nido de pájaro enredado en la memoria de los huevos estallados. La nariz se tornó ganchuda y una lama verdosa sobre el alabastro de la muerte en sus manos y mejillas anunció su despedida. La noche de agonía era tan fresca y le faltaba el aire en todos sus recovecos, recordó el huerto, la tumba de sus gatos y al expirar, del techo o de la nada cayeron piedras y los rayos subieron del suelo hacia los rincones sonando en su alta tensión, imitando ramas que se incendian. Han pasado tantos años de su muerte pero aún caen piedras de lo alto y su imagen de radiografía no se sale del espejo.

IRAK

Caían uno a uno, el militar los iba llamando a la tienda y otro hombre disparaba escondido detrás de una cortina de burdel. Caminaba de un lado a otro, envuelto en su túnica de lona. Ya los de afuera presentían su destino. El hombre le gustaba disfrazarse de rey y hoy estaba haciendo el mismo melodrama, con la diferencia que los acariciaba mucho, los besaba y les tocaba los enormes miembros de tantos meses de guerra en el desierto. Lo más probable era que su corte (los soldados del día) muriesen mañana. Debía borrarlos, por jugar con él. Por dejarse manosear y ponerse la casaca de falda y pintarse la jeta con bigotes y todo. Le seguían la corriente a ver si se entusiasmaba con alguno para no perder la vida por allá tan lejos y de ese modo trágico, a manos de un maniático ornado con corona de flores secas y una sed de sangre desmedida. Como cabe, como debe ser, así como le enseñan en la mili a los héroes americanos.

martes, 10 de junio de 2008

El salón de los santos quebrados



Esperábamos metidas en los rincones
oliéndo el vaho del sudor y la saliva de tanto hacer con el dedo ssssshh
Desde los ojos de otro, veíamos a las monjas con la cabeza de iguanas
Y los lentes vidriosos, nublados de tanta humedad
chocaban
con el tiritar y castañeteo de los dientes.
Era tan puro el miedo que goteábamos.
Veíamos, cómo se alejaba la blanca soga atada en las caderas
Colgando de sus trajes, oscilando igual a la bola azul de canica que nunca tocamos.
Teníamos apenas tiempo para abrazarnos
besarnos de huida cada día por última vez
en aquellos cuatro años que duró
la sacrosanta idea de estar haciendo
la comunión de nuestros cuerpos desnudos con el espíritu
mientras nos íbamos muriendo de pena
con la soledad cansona del claustro
arruinándonos la piel como a los santos tapados

jueves, 10 de abril de 2008

Bautizo de mi libro: "Necrolírica para eros....




El domingo 6 de abril, en la Alcaldía de Girardot en Maracay, se realizó entre otras actividades el bautizo del libro que contiene las menciones honoríficas de la Bienal Augusto Padrón 2006, yo Marianela Cabrera, con mi texto "Necrolírica para Eros Despiertos" fui merecedora de la misma y compartí el suceso con el poemario: "Urbano" de Astrid Salazar y "La llave de Carbón" de Alejandro Useche. Proximamente realizaré una tertulia en la tienda "Antiques Tattoo" en Cagua con el mismo fin, es decir, celebrar la publicación. Están invitados.